Mediodía bogotano.
Garbanzos cremosos humeando. Papas sabaneras con romero. El edificio vibra. No es metáfora. Vibra de verdad. El metro perfora unas cuadras más abajo y cada vez que la máquina entra en la tierra, el concreto devuelve una respiración profunda, como si el edificio quisiera desprenderse de sí mismo. Estoy aquí, entre la cúrcuma y los trámites, sosteniendo la épica burocrática del país y lo que queda de mi corazón.
La escena tiene algo de cine.
El polvo sube desde la obra. Las grúas giran despacio. El futuro se levanta en columnas de concreto mientras el presente intenta almorzar.
Pienso que en otros lugares restauran viejas estaciones de tren fronterizas, hospitales abandonados en pueblos que ya casi no existen, bodegas convertidas en centros culturales al borde del desierto y la sal. Patrimonios inmuebles, dicen los informes. Aquí el patrimonio vibra distinto. Sale de una olla. Se sienta a la mesa. Pasa de unas manos a otras sin necesitar una placa de bronce.
La vida cotidiana también conserva. Solo que casi nunca inauguran una ceremonia para ella.
Tecleo fuerte, como un piano de rock sinfónico. El metro sigue taladrando. Ajusto unas observaciones para un seguimiento técnico mientras, con la otra mano, dejo caer apenas unas gotas más de vinagre de manzana sobre la ensalada. Me doy cuenta de que hago exactamente lo mismo en ambos lugares.
Ajustar. Equilibrar. No dejar que una variable arruine el conjunto. Nada importante se improvisa del todo.
Hace dos días me robaron. Plena mañana. Una calle llena de gente.
Me rodearon. Regaron toda mi maleta sobre el andén. Escogieron con calma lo que iban a llevarse. Me dejaron el resto. Me dijeron que lo recogiera. Que volviera a empacar. Permanecieron allí, esperando, mientras yo recogía mis cosas del suelo como quien junta pedazos de una escena que todavía no entiende.
Cuando terminé de cerrar la maleta, llegó la patada.
No fue solamente el golpe.
Fue la naturalidad. La gente que siguió caminando. La ciudad haciendo exactamente lo que una ciudad hace cuando ha visto demasiado. Todavía llevo un raspón en la frente.
El edificio vuelve a vibrar.
Respiro.
Que tiemble el concreto. No la cabeza. Pongo las papas a hervir con piel. Con sal generosa. La piel sostiene algo que todavía no sé nombrar. Después las parto en mitades grandes y las dejo dorarse despacio. Sin ansiedad. Que hagan costra. Hay cosas que solo adquieren consistencia cuando el fuego deja de ser urgencia.
La papa sabanera siempre me lleva a mi abuelo.
Él fue un niño entre cultivos, recogiendo papa con las manos hundidas en la tierra fría de la sabana. Yo hice ese trabajo apenas una vez, muchos años después, siguiendo las huellas de una vida que todavía no he escrito. Recuerdo la humedad pegándose a los dedos, el peso sencillo de cada papa, la tierra metiéndose bajo las uñas como si quisiera quedarse allí.
No sé cuánto de ese recuerdo es mío.
Hay quienes dicen que mis manos son idénticas a las de él. Que camino igual. Que hago los mismos gestos cuando estoy concentrado. Cuando, como actor, me envejecen para una obra, hay fotografías en las que no logro distinguir si el hombre que me devuelve el espejo soy yo o es él.
Quizá la memoria también se herede por las manos. Quizá por eso nunca pelo una papa con prisa.
Lavo la lechuga hoja por hoja. No la corto con cuchillo. La rasgo con las manos. Ya suficiente violencia tuvo la semana. Rompo las hojas en tamaños distintos. Algunas quedan casi enteras. Otras no. El tomate verde acepta el cuchillo. El pepino cae en medias lunas. El aceite de oliva esperará hasta el final.
Cada cosa tiene su momento.
Cada cosa necesita un ritmo.
Miro de reojo al invitado de la maleta siempre lista. Hace rato dejó de parecerme un visitante y todavía no sé si alcanzó a convertirse en compañía. Pienso en todo lo que uno intenta sostener para que los vínculos no se rompan y en cómo, a veces, el esfuerzo termina pareciéndose a esas ollas que uno deja demasiado tiempo al fuego por miedo a que la comida llegue fría.
No todo lo que permanece acompaña. No todo lo que se va abandona.
Mientras tanto cargo también con cansancios que no son exactamente míos. Con proyectos de otros. Con silencios que nadie recoge. Con un raspón en la frente que casi nadie ha visto.
Los garbanzos ya están cremosos. La papa terminó de dorarse. El romero apenas se insinúa. El limón entra al final. Nunca antes.
Hay historias que se amargan si uno se apresura.
Hoy viene mi madre. Hace días que no coincidíamos. Esta mañana le di gracias a la vida por tenerla. Después pensé que también debía agradecer por tenerme todavía a mí, aquí, cocinando. A veces me toca colgar ganchos del cielo para apenas sostenerme. Ella sigue siendo el lugar donde esa gravedad descansa un momento.
Sirvo los garbanzos. Acomodo las papas. El hilo de aceite cae despacio y brilla apenas sobre la superficie.
Afuera el edificio vuelve a temblar. Las grúas siguen moviéndose. La ciudad cambia de piel. Miro mis manos. Por un instante ya no sé si son las mías o las de mi abuelo sacando una papa de la tierra.
Tal vez el patrimonio no sea otra cosa: Un gesto que encuentra otro cuerpo antes de desaparecer.
Por:
Cristian Albeiro Melo
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michincalceta@gmail.com
